Una historia…

Había una vez, hace mucho, mucho tiempo, un país muy peculiar. Bendecido por los dioses, sus riquezas naturales fueron tantas que incluso se volvieron un lugar común para discursos oficiales de políticos de pacotilla. Cuando el territorio fue descubierto por los navegantes de allende los mares, éstos se lanzaron a su conquista y, cosa curiosa, vencieron gracias a que los propios habitantes pusieron sus armas del lado de los advenedizos sólo para derrocar a la tribu que mandaba, sin saber que se les venía encima un imperio de 300 años.

Un día, casi por accidente, los habitantes de aquel país se encontraron luchando por su independencia, gesta que dos centurias después sería pretexto para una cantidad descomunal de insufribles “festejos” y parafernalias varias. Pasados cien años, los habitantes volvieron a pelear, ahora entre ellos, primero para derrocar a un dictador, luego para derrocar a todo aquel que ocupara la silla que dejó vacía el vencido. Cien años después, la guerra se volvió, también, pastura para discursos institucionales y edulcorados.

Como herencia de la lucha quedó un partido político que, durante más de 70 años, corrompió todo lo que estuvo a su lado —y en frente y detrás. Tanto fue el mal que hicieron los miembros de ese ente maligno, que, cuando por fin fue derrocado, sus sucesores, acaso en un acto de venganza o para ver qué se sentía, se dedicaron a repetir una y otra vez los mismos vicios, sólo cambiando los colores: verde, blanco y rojo fueron sustituidos por blanco y azul, por negro y amarillo. Por todo el arco iris. Hijos bastardos de la misma simiente, el cambio cromático no significo nada en la práctica.

Sumido en la miseria, el país comenzó a navegar a la deriva porque los encargados de guiar el timón estaban ocupados en otras cosas. Mientras delante de la gente se tiraban miasmas a diestra y siniestra, los líderes políticos firmaban pactos en lo oscurito. Pactos que luego servirían para seguir tirándose miasmas. Mientras un “representante popular” se paseaba en su discreta camioneta de 800 mil pesos, el líder de su partido, ese que debería llamarlo a la cordura, anunciaba su pomposa boda con una “cantante” cuyo máximo éxito estaba dedicado a una vaca —en la luna de miel, dicen, se lo dedicó a un buey. Mientras los curas pederastas eran puestos en evidencia, en un rincón de aquel lejano lugar el jerarca religioso, como en otro tiempo hizo el enemigo Pilatos, se lavaba las manos fingiendo demencia, para luego comerse sus palabras —y los que lo vieron dicen que tenía bastante boca para comer. Mientras todo esto y mucho más tenía lugar, los habitantes quedaron en medio de un fuego cruzado entre “delincuentes” y “autoridades”, sin lograr distinguir entre las balas quiénes eran los buenos y quiénes los malos…

Ojalá de veras fuera sólo una historia. Una mala broma. Pero hay quien dice que es verdad.

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