La calor

Cada año es lo mismo. Llega mayo y con él sus famosos calores. Y los tapatíos, raudos y presurosos, no tardamos nada en decir que, definitivamente, hace más calor que nunca. Todos y cada uno rascamos dentro de nuestra memoria y, después de mucho hurgar, afirmamos convencidos que no, que no ha habido año más caluroso que éste. Y de nada sirve que luego vengan las instituciones meteorológicas a decirnos que, por ejemplo, a principio del siglo XX hubo un día que el termómetro llegó a los 39 grados. Tampoco nos interesa mucho que en Santa Rosa, Amatitán, el mercurio haya subido hasta los 43.5 grados. No, eso no nos importa. Lo que importa es que aquí, en la zona metropolitana, está dura la calor.

Y lo que también sigue siendo lo mismo desde hace varios años —demasiados ya— es la falta de una política pública que sirva para revertir esta situación. Me explico: los grupos que promueven sistemas de transporte no motorizado, por ejemplo, se han cansado de señalar una y otra vez que la ciudad está construida —¿pensada? ¿planeada?— como un monumento al automóvil. Y los autos, ya se sabe, necesitan calles. Y las calles necesitan concreto o, si los presupuestos no lo permiten, harto chapopote. El problema es que el concreto y el chapopote son calientes y no limpian el aire. Y entonces ese calor, que posiblemente no sea tanto, cala más en los ánimos.

Y cala porque uno busca resguardo en una sombra. Sombra que dan los árboles. Árboles que están… no, ya casi no están. En muchas y distintas ocasiones otros grupos también han alzado la voz para evidenciar la deforestación que hoy día padece la otrora llamada “ciudad de las rosas”. Y en muchas ocasiones los gobiernos municipales han presumido la siembra de uno que otro arbolitos que, en realidad, sirven de poco o nada —¿se acuerdan, por ejemplo, de las palmeras “anti nevadas” que mandó plantar Cornelio Ramírez Acuña en avenida Patria? ¿O de los palitos que sembraron no hace mucho en el camellón de Federalismo y que ya están siendo sustituidos por flores?

Es verdad que los gobiernos municipales no pueden hacer nada para revertir el calentamiento global. Tampoco para hacer que el mercurio de los termómetros no suba. Pero también es cierto que no están haciendo nada por poner un poco más verde la zona metropolitana. La mayoría de los camellones están para llorar, y no se digan los accesos a la ciudad. ¿Han pasado, amables y pacientes lectores, por Lázaro Cárdenas, allá por el Álamo? Y aquí sería necesario poner un espacio para que cada uno de ustedes lo llene con el ejemplo que le quede más próximo, que abundan. No hay una estrategia gubernamental que fomente el cuidado de lo verde. Por el contrario: si a usted le molesta que ese ficus gigante tire tantas hojas, sólo llame a Parques y Jardines para que se lo dejen más pelón que Salinas de Gortari. O, si tiene recursos, hágalo usted mismo. Nada más considere lo siguiente: la próxima vez que el Sol caiga de lleno y le requeme los brazos al punto de ponerlo en riesgo si viaja a Arizona, recordará la plácida sombra que antes echaba ese ficus del demonio.

Ahora bien, todo lo anterior es una perorata sin ton ni son. La verdad es que la calor no me ha permitido armar un discurso sensato. Pero es que, ya se sabe: este año hace más calor que nunca en Guadalajara. Lo juro.

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