Gimme the power

Qué nobles son nuestros políticos. No cabe duda. Preocupados siempre por el bien de la ciudadanía, hacen hasta lo imposible por acceder a un cargo público para, desde ahí, dar lo mejor de sí trabajando por el bien del pueblo. Y cuando llega el momento de que termine su periodo de lo que llaman servicio público —ya se sabe: el tiempo corre lento, pero inexorable—, buscan por todos los medios un nuevo lugar desde donde seguir trabajando para la gente. Y mientras más rápido encuentren ese nuevo cargo, mejor. Porque es tal su vocación de servicio, que no conciben estar fuera de la estructura burocrática. No señores, que nadie se confunda: los diputados, senadores, secretarios, gobernadores, presidentes municipales, regidores, asistentes y demás fauna política no están en esos cargos por las prebendas ni los presupuestos. Es porque tienen vocación de servicio. Lo sabemos todos.

¿Hasta dónde puede llegar un político —o eso que en México se entiende por político— para perpetuarse en el poder? Hay que preguntarle a César Nava y a toda su comitiva, que tienen un par de semanas regodeándose con los audios en los que Fidel Herrera, gobernador de Veracruz, parece comprometer recursos públicos para apoyar a los candidatos priístas que andan en campaña. Luego con los de Ulises Ruiz. Después con la versión más romántica y cursi de Mario El Precioso Marín. Y aquí una aclaración: no pretendo decir que esta terna de sujetos sean unos regordetes y simpáticos querubines. Los hechos demuestran que no lo son ni lo serán jamás. Pero tragarse el cuento de que Nava es un paladín de la justicia es tan o más imposible que escuchar a Patylu cantando “La vaca Tomasa”.

La semana pasada escribía aquí que sería interesante que el líder nacional del PAN nos explicará cómo obtuvo las grabaciones, y que tan legales o ilegales eran esos métodos. En lugar de eso, a media semana Cesarín, con esa candidez y elocuencia que lo caracteriza, se salió por la tangente diciendo que para espías, los priístas. Que ellos eran los meros meros petateros. Y todo el discurso de que estaban haciendo un bien a la sociedad y a la democracia. Y detrás de él, como corifeos, los perredistas encabezados por Jesús Ortega. Los mismos hijos del sol azteca que en 2004 se rasgaron las vestiduras cuando los señalados estaban en sus filas —¿dónde están Bejarano, Ponce e Imaz, me pregunto?— y que gritaron, a una sola voz con el Rayito de Esperanza, la palabra que se convirtió en un grito de guerra: ¡Complot! Pregunta, perredistas: ¿venganza? ¿Rencor? ¿Conveniencia coyuntural?

Sorprende la cantidad de mierda que se pueden tirar entre sí los políticos. Cuando uno creía que ya lo había visto todo en 2004 con los videoescándalos, vinieron las elecciones de 2006. Luego las del año pasado. Y las campañas de estos días. Dan náuseas sólo de imaginar lo que puede pasar en 2012. Porque los políticos —o eso, repito, que suele llamarse político en México— son unos animales insaciables que cada vez quieren más y cuya premisa parece ser: “Gimme the power, vato… o te lo arrebato”. ¿Cómo? El fin justifica los medios, dicen que dijo Maquiavelo. Todo sea, dicen, por servir al pueblo.

En medio de la lluvia de excreciones políticas quedan los medios de comunicación, cuya tarea es compleja. ¿Dónde está el equilibrio entre informar y convertirse en una catapulta de mierda al servicio de los políticos? Nadie sabe… ¿o sí?

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