La otra inseguridad

Todavía con la resaca de las fiestas bicentenarias, los funcionarios de los gobiernos federal, estatal y municipal de cada rincón del país deben estar más que contentos: al parecer, y contra todo pronóstico, no hubo atentados qué lamentar. Si hace dos años la nota fueron los granadazos en el Grito de Morelia, ahora lo fue la ausencia de éstos. Y eso, claro, es una buena noticia. (Aunque también existe la posibilidad de que, aprovechando que los militares estaban en operativos en las plazas de las ciudades, los señores traficantes aprovecharan para poner a circular la mercancía que tenían rezagada con tanto operativo. Esto, hay que decirlo, es una fantasía.)

Con la aparente calma bicentenaria (sólo aparente: el miércoles Nuevo León tuvo su tiroteo del día y aparecieron dos colgados en un puente en Tlajomulco, entre otras pecatas minutas), se vuelve necesario volver la mirada a la otra inseguridad, esa que es cada vez más desalmada y afecta a más gente: la de la violencia en las calles, la de los robos de auto, la de los asaltos a mano armada. Absorto en su guerra contra el narco, el discurso oficial no parece dar cabida a ningún otro frente de inseguridad. Y se nota.

¿Ejemplos? Abundan. Hace unos días, unos ladrones entraron a la casa de los padres de una amiga. Lo malo —o lo peor— fue que ellos estaban dentro. Los encañonaron y vieron cómo los malhechores se llevaban su patrimonio. Un compañero documenta en su blog cómo en un fin de semana los ladrones hicieron de las suyas con su tío, un hermano, “un familiar” y un amigo. A otro compañero le destrozaron la puerta del departamento y a una colega también se le metieron a la casa. Y qué decir de Chapultepec.

La situación parece estar desbordada. La policía es insuficiente —¿ineficiente?— y cada vez se vuelve más cotidiano saber de alguien cercano a quien le han robado algo. El grado de violencia varía según la suerte de cada caso, pero la cosa se generaliza. ¿Y si buena parte de los recursos que se están destinando a la guerra intestina contra el narco se destinaran, por ejemplo, a depurar las policías municipales, capacitarlas, mejorarles las condiciones laborales? Hace unos meses se dio a conocer que el 61 por ciento de los policías municipales del país ganaban, en promedio, menos de cuatro mil pesos al mes. ¿Se puede así atacar la criminalidad en las calles? No lo creo.

En este contexto, circula en YouTube el video del enfrentamiento entre una policía municipal y agentes federales. Los unos, con sus precarias condiciones, tratan de hacer su trabajo; los otros, con esa prepotencia que les ha distinguido desde siempre, llegan, hostigan, insultan, tiran bala, hieren, golpean a los municipales para que liberen a sus compañeros, acusados de hacer desmanes de cantina. Tuvo que terciar el Ejército para calmar los ánimos.

Mientras las policías luchan entre sí, y el gobierno federal sigue autista en su guerra particular, los ciudadanos de pie sobreviven a duras penas a merced del ladrón que los espera a la vuelta de la esquina o que irrumpirá en su casa. ¿Cuándo comenzará la guerra contra esa otra inseguridad? Ojalá sea pronto.

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3 comentarios en “La otra inseguridad

  1. Pide demasiado, Turco.
    No creo que Calderón tenga ni la capacidad ni la valentía para detener el efecto “bola de nieve” que ha creado.
    Lamentable lo que ocurre en el país… ya era bastante malo ser tercermundista y tener que romperse el lomo trabajando para sobrevivir, y ahora hay que sobrevivir con miedo.
    Una de las razones por las cuales nadie en su sano juicio debería votar por el PAN.

    Saludos, don.

    1. En efecto: nadie en su sano juicio debería votar por el PAN… ni por el PRD (y toda la chiquillada que lo acompaña) ni por el PRI.

      Salud.

      TV

      1. Jejeje.
        Tiene usted razón.
        Pero la neta es que los del PAN son “piores” ;).

        Lo que se veeeeeeeeeeeeee, no se juzga.
        Saludos.

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