Emilio y las calaveras

Estas son las calaveritas de la discorida. Foto publicada en el diario El Informador.

Por más que se le da vuelta al asunto, el capítulo más emocionante de la telenovela que protagonizan Emilio González Márquez —en el papel de El Avaro— y la Universidad de Guadalajara —dando vida a La Despojada— tiene más visos de mal chiste que de tragedia anunciada. Y es que, en serio: ¿quién en su sano juicio ve una amenaza de muerte en un par de calaveritas de papel? Aunque claro, ya metidos en esa línea, también podríamos preguntarnos a quién en su sano juicio se le ocurre que el punte del Álamo y el Atirantado y la Vía Express serán una solución vial. O, peor aún, a quién en su sano juicio se le ocurre mentarle la madre a sus gobernados.

Pero bueno, la cosa ya está ahí. Llama la atención que El Avaro, pálido del susto, haya enfocado su respuesta haciendo blanco no en La Despojada, que —se supone— fue la que entregó las calaveritas en cuestión, sino en Raúl Padilla López —a quien se le pueden dar muchos papeles, por lo que le vamos a dejar el más conocido: El Licenciado. Así pues, El Avaro no dijo: “La UdeG me está amenazando de muerte”, sino “Raúl Padilla me está amenazando de muerte”. Y luego comparó a los manifestantes —que, hay que decirlo, seguro disfrutan las marchas más por la pachanga y la inasistencia que por una solidez ideológica— con una especie de mensajeros de la muerte. Ahí la llevamos.

Que El Licenciado tiene mala fama —y bien ganada, qué se le va a hacer— nadie lo duda. Que El Avaro está capitalizándola, tampoco hay que dudarlo: por increíble que parezca, González Márquez ganó algunas simpatías con el asunto de la amenaza, sobre todo entre los opositores del Licenciado y de La Despojada. Como siempre ocurre, ahora habrá que esperar la respuesta de Padilla, que seguro será titular en los periódicos y cuyo guión, como en telenovela de Televisa o TV Azteca, es más previsible que diálogo de Lucerito: “No tengo nada qué ver en las protestas”, “No envié ningún mensaje al gobernador”, “Si tuviera algo que decirle, se lo diría en persona”, etcétera.

Y si un día de estos un rector de algún centro universitario o prepa o centro regional invita a El Avaro a comer pozole, ¿éste pensará que es una amenaza y que se lo quieren pozolear? ¿Y si le compran granadas en una frutería? Para lo único que ha servido el desliz mental de Emilio González es para hacer chistes, algunos mejores que otros. Y como muestra, el de ayer: como los huesos asustan a El Avaro, los marchantes le entregaron, a nombre de La Despojada, una Barbie y un Ken. A ver si no dice ahora que le quieren hacer vudú. A este ritmo, lo más sano va a ser ocultar la edición de los periódicos del 2 de noviembre a Emilio González: con la cantidad de calaveras que seguramente le dedicarán, su delirio paranoico-esquizoide se irá por las nubes.

Ojalá, como suponemos la mayoría, que todo sea producto de una cruda mal curada. Y que a Emilio González Márquez le resten muchos años de vida —y si se aleja de la escena política, tanto mejor. Porque si muere pronto, así sea de una infección estomacal, veremos lo más cercano al Apocalipsis.

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3 comentarios en “Emilio y las calaveras

  1. Hahahaha.
    Este capítulo podría llamarse “el miedo no anda en burro”.

    Jojojo.
    Lo cierto es que no debe tener la consciencia tranquila, pues eso de ver moros con tranchete en algo tan inocuo… es patético.
    Y risible, para el público honorable como usted o yo.
    😉

    Buena tarde.

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