“Nunca conocí lo que es el odio”: Chumacero

Este espacio está de luto: murió don Alí Chumacero. A manera de sentido homenaje, rescatamos esta entrevista que le hicimos en diciembre de 2008 en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y que apareció publicada en 2009 en la revista Luvina. Aquí se las dejamos, si la quieren leer como salió en la revista, pinchen aquí.

Don Alí Chumacero en una foto de Iván García

Su mano está detrás de cientos de libros. Y aunque su bibliografía personal suma apenas tres títulos, su nombre está inscrito en la lista de los poetas más importantes del siglo xx en México. También forma parte del grupo de escritores más longevos: en 2008 cumplió 90 años, acontecimiento que sirvió como pretexto para diversos festejos y múltiples reconocimientos, en una celebración que no concluye: en diciembre se anunció que este año estará listo un documental en su honor, dirigido por el cineasta Modesto López. Su legado fue compilado en Poesía reunida (Fondo de Cultura Económica, 2008), que incluye los libros Páramo de sueños, Imágenes desterradas y Palabras en reposo.
Alí Chumacero nació en Acaponeta, Nayarit. A temprana edad se mudó a Guadalajara, ciudad en la que, dice, se forjó como persona. Es tal el cariño que le tiene a la capital de Jalisco que no duda en afirmar: «Me formé en Guadalajara y he vuelto siempre a esa ciudad como si fuera mía. He reconocido en ella la fuente de mis conocimientos, de mis sensaciones, de mis sentimientos y de mi amor por la vida».

El poeta nayarita es franco. En sus conversaciones no duda en hablar de los «literatos mamones», que son, afirma, «literatos medidos, que no dan paso sin linterna, no van sin programa, no se desvelan. No sirven para nada». Se dice consciente de que, aun cuando se le considera como uno de los grandes poetas mexicanos, tiene pocos lectores. «Soy un escritor que llena recintos, pero el 99 por ciento de las personas que asisten no han leído una página escrita por mí». Pero, sobre todo, tiene completamente clara su vocación: «Soy, ante todo, un tipógrafo». Y habla con verdad: durante muchos años ha estado detrás de los libros que publica el Fondo de Cultura Económica, tarea que ha combinado con otra de sus grandes pasiones: la enseñanza de la escritura.

¿Cómo le vienen los diversos homenajes que ha recibido en los últimos meses?
Pienso que el reconocimiento de una actividad da una satisfacción sólo comparable a la que proporciona el nacimiento de un hijo. El empeño en crear algo se ve coronado de esa manera con la presencia de quienes han compartido el amor por la palabra. Ojalá que toda esa forma de concebir el mundo se vea reflejada en aquello que he escrito.

¿Qué representa cerrar un año de reconocimientos con la publicación de Poesía reunida, a cargo de la casa editorial para la que ha trabajado tanto tiempo?
Primero, debo decir que es un libro excelentemente bien hecho. Yo he dedicado mi vida, en buena parte, a hacer libros, y veo en éste un ejemplo de lo bien pensado y lo muy bien realizado. Por otra parte, su contenido, que para bien o para mal reúne todo aquello que he escrito o publicado en verso, se conserva en muy buen ataúd. Me gusta mucho que un libro, de calidad o sin ella, tenga un buen recipiente. Yo soy, sobre todo, un tipógrafo, lo he dicho a menudo, y creo que mi oficio no es sólo útil, sino indispensable para que la cultura llegue a múltiples manos y no se quede, como antes de Gutenberg, en papeles que sólo manejan unos cuantos.

¿Es importante que los libros lleguen al grueso de la población?
Saber leer es una necesidad, pero debería ser una obligación para todos. El Estado debería darle mayor intensidad al afán de formar personas para quienes el libro no sea un objeto extraño, sino un instrumento para usar. He luchado, lucho y lucharé, hasta frente al paredón de la muerte, por que el libro sea siempre el respaldo de la vida.

En su trayectoria prefirió volcar sus esfuerzos en los libros de otros autores y no en su propia obra. ¿Por qué?
Ayudé a muchos jóvenes a trabajar en su obra. He compartido lo mucho o poco que sé, he optado por conducir, ayudar, dar ánimo a quienes empiezan. Si no escribí más fue acaso porque mi preocupación era más la de enseñar a escribir que la de ejercer el oficio. Por eso escribí poco: me confié demasiado en pensar que lo escrito era suficiente.

¿Le hubiera gustado escribir más?
Me hubiera gustado, sí. Me hubiera agradado que mi obra fuera más amplia. Pero estoy seguro de que no sería distinta ni agregaría mucho a la intensidad con que fue redactada la que publiqué.

¿Cuáles son los temas que han marcado su trabajo literario?
La temática que mayormente me llamó la atención fue siempre el amor. Amor y desamor, reunión y separación, cercanía y lejanía, tristeza y júbilo, son contrarios que se unieron siempre para dar testimonio de aquello que yo sentía frente a los demás. Si supe amar, no lo sé, pero nunca conocí lo que es el odio.

Mencionaba su preferencia por compartir sus conocimientos con otros escritores, antes que cultivar su propia obra, ¿de quién guarda mejor recuerdo?
Dentro del ámbito literario mi amistad se cifra particularmente en el afecto a un jalisciense: José Luis Martínez, con quien hice prácticamente mi carrera literaria. Desde niños caminamos juntos en la creencia de que el arte es la más alta expresión del espíritu humano.

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