Vámonos a la Bola

Pancho Villa al frente de una de las tantas bolas. La foto se la robamos a la gente bonita de VivirMexico.com

Al grito de “¡Vámonos a la Bola!”, cientos de personajes, sobre todo campesinos, se sumaron al movimiento armado que ahora conocemos como Revolución Mexicana y que, como ya se ha repetido hasta el cansancio, mañana cumple cien años de haber comenzado. Revolución peculiar la nuestra, que estuvo anunciada con fecha, hora y lugar, haciendo del conocimiento de todo el mundo, incluido el gobierno de Porfirio Díaz, que iba a haber un alzamiento —algo así como: “Iren, como dijo Juan Gabriel: sobre aviso no hay engaño”.

Cien años después, el legado de la Revolución es cada vez más difuso. Si acaso permanece la Constitución de 1917, documento que vino a poner —o al menos intentarlo— un poco de orden en un país que vivía sacudido un día y el otro también por las disputas de los revolucionarios, que pasaban de ser aliados a ser traidores según cambiaran los vientos —ya se sabe: todos contra Porfirio Díaz, Huerta contra Madero, Carranza contra Huerta, Villa contra Carranza, Zapata contra todos menos Villa, Obregón contra Carranza y así hasta la aparición de Calles, que nos dejó como legado al Partido Nacional Revolucionario, el abuelito del PRI. Pero la Constitución se antoja cada vez más obsoleta y, pero aún, manipulada al antojo de los partidos.

Todo lo demás que dejó la Revolución se perdió en los 70 años que el Revolucionario Institucional —menuda contradicción— estuvo en el poder. El partido tricolor creó y luego consolidó una serie de instituciones que después se encargó de corromper, para dejar el país como lo conocemos. Y luego, cuando se creía que todo iba a cambiar con la mentada alternancia, Acción Nacional confirmó la teoría de que todos los partidos políticos mexicanos tienen el mismo genoma: el priísita. Y no sólo eso: rencoroso, el blanquiazul le dio la espalda precisamente al movimiento que comenzó todo: la Revolución.

En distintos momentos, diferentes voces han expresado la apatía que siente la derecha por la Revolución. Para muestra basten los festejos de este año: centrados sobre todo en la Independencia —aclaro: no quiero decir que esté mal, finalmente se trata del nacimiento de la Nación— y dejando en un segundo y difuminado plano al movimiento que inició en 1910. Como dijo Avelino Sordo Vilchis en alguna ocasión, a propósito de los festejos de este año: “Lo hacen como a escondidas, como si no estuvieran muy convencidos pero las circunstancias los obligaran a hacerlo”. Eso nos consta.

Agoreros —y para acabarla de chingar, supersticiosos—, muchos esperaban expectantes la llegada de 2010. Ya saben: “1810, Independencia; 1910, Revolución; ¿qué habrá en 2010?”. Pero el hecho es que no ha pasado nada. O al menos nada de lo esperado. A cambio, el país está atrapado en una guerra que nada tiene qué ver con revoluciones y cuyo final se antoja lejano, muy lejano. Y no se ve que vaya a llegar algo que represente un cambio social, que traiga justicia para todos y mejore las condiciones de vida de los mexicanos.

¿Dónde está pues la Revolución? Nadie lo sabe. No está en los libros de texto ni en el mausoleo inconcluso de la ciudad de México. ¿Habrá algún día una Revolución verdadera? Imposible saberlo. Pero si la hay, debe comenzar por limpiar San Lázaro y Xicoténcatl, y después las sedes nacionales de los partidos, las estatales, municipales y así hasta extirpar ese cáncer que nos aqueja. Si un movimiento de esos llega un día, yo sí grito: ¡Vámonos a la Bola!

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