Tres postales desde la FIL

Primera. Cuando todo parecía perfecto —nadie había abucheado a Alonso Lujambio ni a Raúl Padilla en la inauguración oficial— un grupo de no sé cuántos miembros pero con una lona bastante visible pusieron el acento en la primera jornada de la Feria Internacional del Libro en Guadalajara. Con una lona bastante visible hasta para quien no quería verla, protestaron contra lo que dijeron era una política autoritaria fomentada desde la UdeG y el gobierno estatal. O sea: no están en contra de uno o de otro, sino de los dos juntos. Pero como corresponde en estos casos, todo el mundo quiere jalar agua: ni tardo ni perezoso, el sindicato de la UdeG publicó un desplegado en el que aseguraba que la protesta había sido planeada por El Yunque y su santidad Fernando Guzmán Pérez-Peláez. Parece ser que, al igual que a los partidos políticos oficiales, no les cabe en la cabeza la remota posibilidad de que la ciudadanía esté cansada de sus luchas intestinas por dinero y poder, razón por la cual, poco a poco, ha comenzado a organizarse y a levantar la voz —y las lonas. Queda pues, como anécdota, el día que la Asamblea Nacional Ciudadana Capítulo Jalisco le puso sazón al primer día de la FIL.

Segunda. Para quien dude del valor de la FIL, basta que se dé una vuelta por los pasillos de Expo Guadalajara. Sí, hay acarreados. Hay chavitos del servicio llenando salones, pero también hay cientos de miles de personas que acuden, solos o acompañados, a pasearse por la feria. Si compran un libro —y más todavía, si lo leen— o no eso ya es otra historia. El caso es que el encuentro librero tapatío está cumpliendo con uno de sus objetivos: acercar los libros a los lectores. Ponérselos ahí, donde lo puedan tomar. Ahora hay que exigir, a quién tenga poder para hacer algo, que mejoren las condiciones de la economía nacional. Porque se pueden hacer mil ferias mejores que las de Guadalajara y se pueden diseñar estrategias —o traerlas importadas, qué más da— y planes para fomentar la lectura. Mientras la gente esté en la disyuntiva de comprar un libro o comer o comprar zapatos o pagar la renta o la escuela o los servicios, nada va a cambiar.

Tercera. Es de llamar la atención que haya gente curioseando en los stands, por ejemplo, de las librerías Gandhi y Gonvill. No estoy en contra de que lo hagan —quién lo estaría— pero no me explico cómo alguien puede invertir dinero y tiempo —mucho, pero mucho tiempo— en acercarse a Expo Guadalajara, pagar una entrada y comprar un libro en un lugar al que podría llegar más cómodamente en otro punto de la ciudad. Supongo que hay algo de esnobismo en el hecho. La FIL, dicen los que saben, es para caminarse y encontrar los stands que ofrecen libros imposibles de conseguir o a precios imposibles de volver a encontrar. Como el stand de Club de Lectores, al final del pasillo de FIL Niños, que ofrece tres libros de Jorge Ibargüengoitia por la módica cantidad de cien pesos. Ese es apenas un ejemplo, pero hay varios. La cosa es caminar.

En fin, se podrían escribir muchas otras postales. Lo mejor es ir, recolectar las propias y luego compartirlas. Porque la FIL es una fiesta, independientemente de lo que diga González Márquez o las animadversiones que despierta Padilla López. O al menos eso creo.

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