Quizá los ve, pero no los oye

Julián LeBarón y Javier Sicilia durane el encuentro con Felipe Calderón

Hace algunos años ya, cuestionaron a Carlos Salinas de Gortari, entonces presidente de México, sobre ciertas increpaciones que habían realizado sus opositores. Con todo el cinismo que cabía en su calva cabeza y le desbordaba por las orejas, acuñó una de las tristemente célebres frases de la política nacional: “Ni los veo ni los oigo”.

La frase nos ha dado vueltas en la cabeza a raíz del “diálogo” que sostuvieron esta mañana el presidente Felipe Calderón y los representantes de la Caravana por la Paz, encabezados por el poeta Javier Sicilia, Julián LeBarón, María Elena Herrera, Salvador Campanú y Norma Ledezma, entre otros. Durante las intervenciones de cada uno pudimos ver la otra cara de lo que ya sabemos: testimonios desgarradores, contados en primera persona, de gente que ha visto cómo su gobierno no ha sabido (o no ha querido) enmendar los pasos en lo que está de sobra demostrado es una fallida estrategia contra el crimen organizado.

La elocuencia de Sicilia, la contundencia de LeBarón, la franqueza de Salvador Campanú, la entereza quebrada de María Elena Herrera… elementos contundentes para instaurarse como una bofetada en la cara, un grito no sólo para las “autoridades” sino para todos los que seguimos la transmisión del encuentro (que tuvimos que pescar en medios alternativos porque la televisión abierta decidió que no era importante. Será porque no es Iniciativa México).

Y ahí estaba Felipe Calderón en su papel de presidente, y sus funcionarios en su papel de figurines. Si lo dicho por Sicilia y compañía eran bolas de fuego dispuestas a quemar, Calderón y compañía se dedicaron a apagarlas. O peor aún: a batearlas de regreso. El presidente y su séquito se limitaron a repetir el discurso de “los buenos” contra “los malos”, el argumento de “reclámenle a los criminales”, la falacia de decir que es mejor hacer algo probadamente fallido y mal que no hacer nada. Echaron mano de las cifras que, por desproporcionadas e inhumanas, poco dicen. En algún momento Calderón dijo que estaba dispuesto a replantear la “estrategia”, pero todo su discurso, su expresión corporal, su voz, decían lo contrario.

Más de algún alboratdo ve con buenos ojos que Calderón haya recibido a Sicilia y compañía. “Al menos los escuchó”, leímos en algún tuit. Otros celebran el “diálogo”, como si éste hubiera existido. Aquí nos atrevemos a afirmar lo contrario: no hubo diálogo porque no hubo escucha. Las “autoridades” llevaban ya su respuesta preparada, su discurso hecho. Calderón se limitó a aplicar la máxima patentada por Carlos Salinas. O a lo mejor no tanto: quizá ve a sus críticos, pero no los oye. Y eso, creemos, es peor.

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