La venganza del burro

Ya en más de una ocasión –denle clic aquí para ver dos ejemplos– hemos dado cuenta de hombres que, no pudiendo contener los más radicales impulsos y deseos de su bajo vientre, han tenido que aplicar al pie de la letra el viejo y conocido refrán aquel de que “con que tenga hoyo, aunque sea de pollo” –o de vaca o de calamar o de lo que sea. Y bueno, con la idea de que la próxima vez sean tres ejemplos y no dos, pues ahora damos cuenta de este nuevo caso. Dice más o menos así:

En algunos lugares, esto es un prostíbulo. Al menos lo es para el señor Sunday.

Un hombre andaba caliente. Y ya saben que cuando uno hombre anda caliente tiene muchas opciones, entre ellas tomar el teléfono y contratar los servicios de alguna prostituta. Pues este hombre, a quien llamaremos Sunday Moyo –inserte su risa aquí–, contrató por 20 dólares a una mujer en un bar y, ya en su casa, comenzó a desfogar todos lúbricos deseos. Muchos deben haber sido los deseos, ya que lo sumieron en una concentración tal que no se dio cuenta de que algo estaba muy raro.

Los que sí se dieron cuenta fueron los policías, que al hacer su rondín habitual vieron con asombro a un hombre –Moyo– follando apasionadamente… con un burro. No fue lo único que les llamó la atención: el burro estaba, además, atado. (Al parecer, el señor Moyo disfrutaba ampliamente del sadomasoquismo.)

Como siempre ocurre en estos casos, lo más divertido son los intentos de los calenturientos trantado de explicar sus actos:

“No sé qué ocurrió, ni cómo esta se convirtió en burro […] Creo que también soy un burro. No sé lo que ocurrió cuando me fui del bar, pero estoy realmente enamorado del burro.”

Todo esto ocurrió en Zimbaue. Y entonces, todo comienza a cobrar sentido: la última vez que escribimos sobre ese país en este espacio, fue porque las mujeres estaban violando hombres.  Ahora entendemos: las muchachas andan todas alborotadas porque los hombres están follando con –y no como– burros.

Al final del día, el señor Sunday debió respirar aliviado: gracias a la intervención policiaca, no llegó el penoso momento en que el burro se volteara y, con sus consabidos atributos, le dijera: “Bien. Ahora me toca a mí…”

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